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Sobre la sabiduría convencional económica

En diciembre de 1935, el economista de Cambridge John M. Keynes prologaba la Teoría General de la Ocupación, el Interés y el Dinero, una obra alumbrada con un claro objetivo: luchar contra la tiranía de los dogmas de la economía neoclásica, que tan impotente parecía mostrarse para luchar contra la Gran Depresión de los años 30 y devolver a la economía a una situación de pleno empleo de los recursos. Allí afirmaba que “la dificultad reside no en las nuevas ideas, sino en rehuir las viejas que entran rondando hasta el último pliegue del entendimiento de quienes se han educado en ellas, como la mayoría de nosotros”.

Más tarde, en 1958, mientras florecía en las sociedades occidentales el Estado del Bienestar, el profesor de Harvard
John K. Galbraith reparó en la persistencia de las creencias aceptadas y en la recurrente pugna entre lo que es correcto y lo que nos resulta agradable cuando escribió La Sociedad Opulenta y acuñó una expresión que acabaría haciéndose célebre: la de la sabiduría convencional. Decía Galbraith que cualquier idea original que se aparte de la sabiduría convencional será inevitablemente tachada de infidelidad o apostasía, y es por esto que en cualquier organización en la que se pretenda prosperar "es mucho más seguro estar equivocado con la mayoría que estar en lo correcto solo".

Apuntaba Galbraith que no es posible atacar a la sabiduría convencional con ideas: sólo a golpe de dramáticos acontecimientos como el crack de 1929 o la crisis actual puede aquélla llegar a ser cuestionada, si bien finalmente, como la Vieja Guardia de
Pierre Cambronne, muere mas no se rinde.

Hoy me propongo, a riesgo de no gustar a casi nadie, hablar de algunos populares dogmas de la sabiduría convencional económica, que no lo olvidemos es altamente aceptada, por ser a la vez familiar y agradable.

La sabiduría convencional viene defendiendo desde
Adam Smith con la teoría de la mano invisible que no hay mejor manera de promover la eficiencia social que desde el egoísmo individual. Defiende también la hipótesis de que los mercados financieros son eficientes (para qué regularlos pues), que las expectativas de los inversores son racionales así como perfecta la información de la que disponen todos los agentes, y finalmente, que la remuneración que cada individuo recibe en el mercado refleja su contribución marginal a la sociedad.

Aunque la insensatez de la banca, su insostenible apalancamiento y su perverso sistema de incentivos, con las dolorosas consecuencias que todos conocemos, deberían haber puesto en entredicho estos postulados, así como los modelos estadísticos de valoración de activos y riesgos como el CAPM o el VaR, observo con no poco desconcierto cómo las instituciones que casi hunden al sistema están volviendo a las andadas e intentando paralizar los tímidos intentos de reforma.
Incluso en épocas de recesión como la actual, en la que legiones de trabajadores y capital están desocupados en masa, dice la
sabiduría convencional que el presupuesto público ha de permanecer siempre equilibrado, pues el déficit lastrará a nuestros hijos y nietos, si bien detrás de esta preocupación podemos sospechar que no reside más que el interesado propósito de las clases más pudientes de ver rebajados sus impuestos y avanzar hacia la privatización de los servicios básicos.

Desde no pocos ámbitos se predica además que no hay mejor manera de impulsar el crecimiento que reduciendo drásticamente el gasto público. La evidencia teórica y empírica apunta más bien a lo contrario: un gasto público bien enfocado puede incrementar la renta y la recaudación impositiva presente y futura de modo que sus efectos presupuestarios pueden incluso ser casi neutros. Una vez el impulso del gasto público reestablece el crecimiento del producto y el consumo privado, entra en juego el acelerador de la inversión. La historia, además, nos ha mostrado en repetidas ocasiones lo devastador que puede ser el empecinamiento en conseguir a toda costa el equilibrio presupuestario en tiempos de crisis: la gestión del presidente estadounidense
Hervert Hoover subiendo tipos y recortando gastos durante el inicio de la Gran Depresión y posteriormente de Franklin D. Roosevelt durante la recaída de 1937 o las políticas contractivas en Japón en 1996, que consolidarían su década perdida, son enseñanzas de las que deberíamos haber tomado buena nota.

Dicen los
sabios convencionales que el problema del mercado de trabajo en España reside en su elevada rigidez y en unos costes laborales unitarios (remuneración entre productividad) demasiado elevados. Su solución: abaratar el despido y flexibilizar el sistema de fijación de salarios. Sin embargo, no puede considerarse rígido un mercado en el que un tercio de los empleos son temporales y con costes de despido prácticamente nulos, que provoca que los ajustes siempre vengan vía cantidades. Si bien es razonable que debemos ganar en flexibilidad interna y mejorar aspectos como el trabajo a tiempo parcial, el problema de España, más allá de simplismos, reside en su desequilibrada estructura productiva, y no hay mejor manera de disminuir el coste laboral unitario que incrementando la productividad a través de la educación y de una nueva y necesaria reconversión sectorial. Este hecho, además, tendría unos efectos equiparables a una devaluación interna ante la imposibilidad de ganar competitividad mediante el manejo del tipo de cambio en el contexto de la moneda única.
Implementar esta reforma exige como condición indispensable desistir de seguir huyendo hacia delante, algo a lo que las mentes empresariales y sindicales más conservadoras no andan muy dispuestas.

Proclama la
sabiduría convencional que la inflación es mala por definición. Las lecciones que nos ha dado la historia sobre los desastrosos efectos de la hiperinflación no admiten discusión, siendo especialmente destacable el caso alemán durante la República de Weimar en 1923, que llevó a la ruina a las clases medias y propició el ascenso del nazismo. El Bundesbank acabaría haciendo de la lucha contra la inflación su obsesión, y el BCE no es sino un vástago de aquél. Aunque esto está muy bien, otra cosa bien distinta es fijar, como se ha hecho, un objetivo de crecimiento de los precios del 2%, que puede degenerar rápidamente en tensiones deflacionistas durante una crisis como la actual.

Cuando los precios caen de forma sostenida (y recordemos que en España hemos experimentado tasas interanuales negativas durante 8 meses consecutivos), suceden cosas tan curiosas como que podamos ver el PIB real de Japón crecer a la vez que su PIB nominal cae, y otras más graves como que los tipos de interés reales sean positivos mientras los nominales rondan el 0%, no pudiendo hacer nada la política monetaria para reducirlos más. En un contexto de deflación puede ser más rentable guardar el dinero debajo de un colchón que invertirlo, y esto hace a la autoridad monetaria impotente para reactivar la actividad. Si la deflación acaba por instalarse en las expectativas de los consumidores y empiezan a posponer sus compras contrayendo aún más la demanda, el cóctel es ya explosivo. En conclusión, quizás los bancos centrales deberían empezar a plantearse unos objetivos de inflación más elevados, en torno al 6% propone Kenneth Rogoff, antiguo economista jefe del FMI. Pues bien, no pocos analistas andan ya sugiriendo que los tipos de interés deberían comenzar a repuntar en pocos meses para prevenir una eventual Gran Inflación, a pesar de la aún tímida recuperación de los índices de precios y las obscenas cifras de paro aún al alza. Si estas voces son tenidas finalmente en cuenta por la autoridad monetaria, me temo que no podemos sino esperar un largo periodo de estancamiento y de elevadas tasas de paro.


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Gracias por explicar de una forma accesible lo que otros lo hacen de una manera farragosa e ininteligible.

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"Cuando el desarrollo del capital de un país se convierte en un subproducto de las actividades de un casino, es probable que el trabajo se haya hecho mal".


J. M. Keynes. 1936

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